Vivir en la Europa de la extrema derecha, según los emigrantes españoles

  • “El modelo que Fidesz ha creado en Hungría no se basa en la represión violenta, sino en la captura de las instituciones, en la centralización del poder", indica Luis
  • Nesa confiesa que quiere volver a España, pero si se impone Vox, quizás no regrese. “Siendo mi país me duele más que se vuelva de esta manera”, explica

La victoria de Donald Trump en las elecciones de EEUU nos hizo despertar de repente. Un personaje de show televisivo con declaraciones abiertamente machistas, xenófobas o a favor de la tortura entraba en la Casa Blanca como un elefante en una cacharrería. Su nombramiento como presidente de la potencia mundial hegemónica evidenciaba dos fenómenos contemporáneos que probablemente ignorábamos o menospreciábamos por entonces: las encuestas fallan cada vez más y los nuevos populismos de ideas reaccionarias son capaces de llegar a lo más alto del poder.

Al comparar España con los países vecinos de Europa que han sucumbido a la extrema derecha, se solía escuchar aquello de que nuestro país estaba vacunado contra esta enfermedad de la ultraderecha. La irrupción de Vox en el Parlamento andaluz con 12 diputados rompía con esta teoría y con nuestros esquemas. Finalmente este domingo, en las elecciones generales, se podrá corroborar si continúa o termina la excepcionalidad española en Europa.

Este fenómeno de ascenso de la extrema derecha en forma de partido es reciente en España, pero agita las banderas de otros países europeos desde hace años. Lo saben bien los españoles que actualmente residen en estos estados. Con motivo de las citas electorales que se aproximan en nuestro país, en Cuartopoder.es hemos conversado con varios de ellos para conocer cómo miran la oleada de ultraderecha que se extiende por Europa, por el mundo y amenaza con instalarse en la Península.

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Polonia y Hungría, cuando la extrema derecha parecía cosa del Este

Los gobiernos extremistas de Polonia y Hungría, que durante un tiempo parecieron casos aislados del este del viejo continente, son el modelo a seguir de Santiago Abascal. Hace tan solo unas semanas el dirigente de Vox se reunía con el líder ultracatólico Jaroslaw Kaczynski, el líder polaco de Ley y Justicia que, sin formar parte del Gobierno, maneja sus hilos. Y también ha manifestado su admiración por Viktor Orban, quien considera que “no hace nada mal”. Sin embargo, ambos países dispararon las alarmas en Bruselas por sus ataques a la prensa independiente y la intromisión del Ejecutivo en el Poder Judicial. También se caracterizan por políticas migratorias restrictivas acompañadas de discursos abiertamente xenófobos.

Carlos Panadero tiene 31 años y es profesor en Polonia desde hace seis. Considera que este país, con una democracia más reciente que la de otros estados europeos, es “muy tradicional” y que su ciudadanía es “ultracatólica” e “hipernacionalista”. Un cóctel histórico-cultural hace que los polacos observen “con recelo al diferente”, indica. A este país lo diferencia la inexistencia de partidos de izquierdas y el peso importantísimo que tiene la Iglesia en la política y la educación. Del partido Ley y Justicia le inquiera algo que también observa en Vox: “Utilizan la bandera como arma, pretendiendo ser más religiosos que nadie y apropiándose del concepto de familia”.

En Hungría, donde gobierna Viktor Orban (Fidesz), la extrema derecha no conquistó abiertamente el poder, sino que llegó de forma paulatina. “Un partido teóricamente conservador ha legitimado las ideas de la extrema derecha (Jobbik) al llevarlas a la práctica”, explica Luis García Prado, de 43 años, editor y copropietario de una cafetería en Budapest, donde reside desde hace dos años y medio. En su opinión, las formas de control del Gobierno sobre la población pueden ser sutiles, pero igualmente peligrosas para la ciudadanía. “El modelo de Estado que Fidesz ha creado en Hungría no se basa en la represión violenta, sino en la captura de las instituciones, en la centralización del poder y en la amenaza para el estatus o el nivel de vida de los discrepantes”, aclara.

En este mismo sentido, Chus Martínez Domínguez, profesora de español en Hungría desde hace 20 años, explica que “la mayoría absoluta ha hecho posible al Gobierno de Orban modificar la Constitución y las leyes según sus propios intereses”. Cree que lo más grave es el control de los medios de comunicación, en especial en las zonas rurales, donde Fidesz tiene más apoyo. A través de los mismos, inculcan “el nacionalismo y el odio exacerbado a los inmigrantes”, según considera. Denuncia que esto conlleva inevitablemente a la autocensura: mejor no hablar que “exponerse a ser vilipendiado públicamente por la prensa leal al Gobierno”.

A Lucía Sánchez Rodríguez, de 28 años, quien se desempeña como diseñadora gráfica y camarera en una cafetería, le preocupa que “el racismo o la misoginia” estén “legitimados” por el poder. Considera que Viktor Orban ha sabido erigirse como líder mesiánico dispuesto a dar solución a los problemas de la nación y que se le ve como “un padre”, a veces demasiado estricto, pero que vela por el interés general y de la nación húngara.

Italia y Austria, donde gobiernan coaliciones con la extrema derecha

En esta línea discontinua de puntos que une a líderes autoritarios anteriormente mencionados, definidos por su antieuropeísmo, se encuentra Matteo Salvini, líder de la Liga Norte y ministro de Interior. El político italiano ha conseguido que Europa se adapte o incluso se vea influenciada por su política antirrefugiados, con el cierre de los puertos a las ONG que realizan rescates en el Mediterráneo. Otro partido extremista que forma parte de una coalición de gobierno es el Partido por la Libertad de Austria (FPÖ), de pasado nazi, que con el ultra Heinz-Christian Strache  llegó al poder junto a los populares del ÖVP en 2017.

Celia Montero lleva viviendo en Italia cuatro años y es responsable de una bodega en una zona vinícola del país. “Italia siempre ha sido un país muy de derechas y si la extrema derecha ha conseguido llegar a poder es porque la gente no encuentra trabajo y tiene miedo a los inmigrantes por un discurso que se ha ido construyendo a lo largo de los años”, diagnostica.

En esta línea dura de xenofobia y rechazo a la inmigración o a la acogida de refugiados en Europa, se encuentra el gobierno austriaco. Andrea Gomez Roque, que tiene 28 años y trabaja de arquitecta en Viena, admite que ella no ha experimentado discriminación en este país por ser española, pero es consciente de que «si fuera turca no hubiera tenido la misma aceptación», ya que hay «mucho rechazo a todo lo árabe o musulmán».

Con más preocupación sobre esta cuestión vive Nesa Ruth Sadijui Vidal, que es de Toledo y de padre iraní. En España ha sufrido el racismo por su color de piel, pero cree que Austria es como “un pueblo grande” donde la xenofobia o el machismo están legitimados. También acusa un profundo machismo que parece “sacado de las películas”, ya que se intenta proteger a la mujer «como si fuera un ser inferior”. El Gobierno, además, asegura que la violencia machista no existe y, si hay casos, «culpa a los extranjeros de haber influido a los nacionales”, explica. Aunque a ella le cuesta escuchar este discurso, su pareja, que es de Hungría, acostumbrado a un gobierno de extrema derecha, lo acepta con mayor naturalidad.

Vox visto desde los países donde gobierna la extrema derecha

Quedan pocas horas para las elecciones generales y las últimas encuestas electorales indican que Vox podría pasar de 0 a más de 30 diputados. Los españoles consultados por Cuartopoder.es que viven en países extranjeros muestran, en general, inquietud ante un posible resultado favorable para los de Santiago Abascal. “Me da la impresión de que van a crecer bastante y esto me provoca bastante temor”, indica Andrea desde Austria. Desde este mismo país Nesa confiesa que quiere volver a España, pero si todo “se pone tan negro”, quizás no regrese. “Siendo mi país me duele más que se vuelva de esta manera”, explica.

Por otro lado, Carlos, desde Polonia, se queja “del auge que están teniendo estos partidos de odio” y le preocupa que “un país como España tenga que tirar de partidos ultras” porque “cuatro frikis” han conseguido conectar con un descontento que estaba latente. Lucía, desde Hungría, aporta una reflexión positiva en medio del caos. En cierta manera, le parece positivo que la extrema derecha se diferencie del resto de actores políticos creando sus propios partidos. “Por haber salido el demonio la gente se ha asustado y han surgido algunos movimientos. Se ha encendido un fueguito para la autorganización porque ha salido el lobo y hay que ir a votar”, apunta.

Lo cierto es que no todos han podido votar. El proceso para solicitar el voto rogado desde el extranjero para la ciudadanía española es complejo y muchas veces la ansiada papeleta no llega. Sin embargo, seguramente ellos y ellas estarán pendientes del resultado del domingo en las urnas, deseando que España siga siendo la excepcionalidad en Europa, el dique de contención contra la extrema derecha.