Vox dirige, Casado conduce a Ceuta

  • Un mes y medio ha bastado para que la llegada a Valencia del Aquarius haya pasado de ser un símbolo de la solidaridad de España a una cuestión controvertidamente política
  • Antes que Casado, el partido ultraderechista VOX ya había hecho lo propio y con un discurso muy similar, aunque con su limitada proyección mediática

Apenas un mes y medio ha bastado para que la llegada a buen puerto, en Valencia, del Aquarius con 630 personas a bordo haya pasado de ser un símbolo ejemplar de la solidaridad de España a una cuestión controvertidamente política.

Ya entonces, los días 16 y 17 de junio, el periódico ABC, el viejo diario de la derecha monárquica, se desmarcaba con dos portadas que alertaban del efecto llamada y de la avalancha, que estaba sobreviniendo desde el Estrecho.

Publicidad

Hasta aquí todo entraba dentro de los cauces normales: un sector de la derecha española agitando las banderas del racismo y la xenofobia contra el nuevo Gobierno socialista en plena época estival.

Pocos días después de su victoria y, una vez nombrado presidente del Partido Popular, Pablo Casado hacía unas declaraciones sorpresivas a los medios de comunicación y escribía en Twitter: “No es posible que haya papeles para todos, ni es sostenible un Estado de bienestar que pueda absorber a los millones de africanos que quieren venir a Europa y tenemos que decirlo, aunque sea políticamente incorrecto. Seamos sinceros y responsables con esta cuestión”.

¿El Salvini español?

Casado no solamente hacía ese discurso, sino que anunciaba que iría a mostrar su apoyo a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, que se encuentran en la frontera sur española, concretamente, a Ceuta. Anteriormente, VOX, el partido ultraderechista, ya había hecho lo propio y con un discurso muy similar, aunque con su limitada proyección mediática. Por su parte, Ciudadanos reaccionó horas más tarde a las palabras de Casado, confirmando que había un problema con la inmigración en España y que se trataba de proteger las fronteras externas para garantizar una Europa más unida. Por supuesto, Albert Rivera también acudió a Ceuta.

Publicidad

Automáticamente, el Gobierno acusaba a Casado de jugar con una cuestión de Estado y le acusaba de ser el Salvini español, al mismo tiempo que enviaba al director general de la Guardia Civil a la frontera para dar muestras de estar tomándose en serio el problema. También Podemos le criticaba con dureza por generar “alarma social” y se multiplicaban en la prensa y los medios de comunicación las reacciones críticas a las palabras de Casado.

He aquí un ejemplo de manual de cómo está actuando el nuevo PP de Pablo Casado y la dinámica que está imprimiéndole en particular al campo de la derecha y a la política española en general. Esta vez ha sido con la inmigración, pero ya ha puesto de manifiesto su estrategia con otras cuestiones. Por un lado, ocupa las posiciones más radicales de su lado del espectro político – en este caso, las que podrían estar siendo representadas hasta ese momento por VOX – no solo para cortar las fugas de radicales desencantados hacia la derecha, sino para liderar la polarización con el Gobierno. En este sentido, fomenta una competición en la derecha, que, por supuesto, afecta de lleno a Ciudadanos, pero que genera efectos hasta en la posición del PSOE. Por otro lado, las críticas contra Casado le refuerzan como líder de la oposición y además sirven para cohesionar a una parte de su base social, que ve confirmada su visión políticamente incorrecta del asunto. Tras la polémica suscitada, Casado se reafirma en su diagnóstico y en el que “la izquierda no tiene el monopolio del corazón”, mientras saludaba a algunas personas migrantes recién llegadas y prometía un Plan Marshall para África, propuesta repetida desde hace años desde actores tan diferentes como la Comisión Europea o el Gobierno italiano de Salvini y el M5S, presentándose como la combinación de solidaridad y realismo. Todos descolocados: las izquierdas reaccionan desde la indignación moral, acusándole de hipocresía, y a su derecha le critican por tibio pero él ya está en el centro de la escena.    

Hay quien no ha visto ninguna novedad especial en las palabras de Casado en relación con la posición tradicional de la derecha española y ha señalado que, de hecho, las políticas públicas en el ámbito de la inmigración son prácticamente idénticas entre el PSOE y el PP, salvando la cuestión de la sanidad pública universal. Sin embargo, tanto el contexto internacional con el auge de los populismos de derecha de Trump, Salvini o Le Pen y sus discursos racistas y xenófobos como la apelación a lo políticamente incorrecto en relación a un tema desactivado en España durante la última década como es la inmigración resultan diferencias significativas.

¿España es una anomalía europea?

Durante los últimos diez años, desde el estallido de la crisis financiera y económica, hemos visto surgir con una potencia inusitada fuerzas y fenómenos populistas de derechas: desde la victoria de Trump en EEUU o el Brexit, pasando por el auge de la derecha identitaria europea en países como Francia, Italia o Austria, hasta los nacionalismos xenófobos y excluyentes del Este de Europa o Grecia. Sin embargo, en España, desde que el 15-M, primero, y, posteriormente, Podemos señalaron a la élite político-financiera como los responsables de la crisis y de su pésima gestión, parecía que nos encontrábamos ante una anomalía europea. La inmigración no se encontraba entre los problemas, ni las preocupaciones principales del país. Aunque durante años gobernase el PP de Rajoy, el 15-M y Podemos habían funcionado como una suerte de vacuna ante el racismo y la xenofobia, que parecía ser para siempre…

En realidad, mirando atrás, España siempre fue durante la mayor parte del siglo XX un país de emigrantes. Los destinos fueron tan variados como América del Sur, el norte de África u otros países de Europa Occidental. A finales del siglo pasado, cambia radicalmente la tendencia con la entrada del país en la Unión Europea. Se produce una novedad histórica. España se convierte en un país de destino de inmigrantes y en una de las puertas más importantes de Europa. Como es sabido, el fenómeno migratorio tiene una vinculación estrecha con la evolución de la economía: el boom económico y del mercado inmobiliario (2001-2008), favoreció que la población extranjera pasara de 2,5 a 6,5 millones. Su incorporación al mercado laboral estuvo fuertemente condicionada por las altas tasas de temporalidad y precariedad, es decir, se integraban por la vía de trabajos subordinados, principalmente, en la agricultura, el trabajo doméstico o la construcción.

En tan solo una década, los inmigrantes pasaron a asociarse simbólicamente a una determinada posición de clase (baja) y a unos determinados orígenes étnicos (Ecuador, Rumanía, Marruecos o Malí), frente a los extranjeros, que no son españoles, pero no encajan en ese molde ideológico. Entre los años 2000 y 2004, la inmigración ocupa alternativamente con la inseguridad el tercer y el cuarto puesto entre los problemas principales del país para los españoles según las encuestas del CIS. Son precisamente los años de legislaciones más duras del Partido Popular contra las personas migrantes, tanto que incluso el Tribunal Constitucional tumbó varios puntos de su última reforma. Se construyen en esa época la dicotomía entre los buenos y los malos inmigrantes, aquellos que vienen a trabajar y aquellos que vienen a cometer delitos. Y, además la inmigración empieza a ser representada como un fenómeno meteorológico, deshumanizando al otro y presentándolo o bien como una carga insostenible para la economía, o bien como un peligro social.

Los espectros del racismo y la xenofobia

Hoy, de nuevo, la inmigración vuelve a estar encima de la mesa como uno de los problemas principales para los españoles. Según el último CIS, cuya muestra se recogió entre el 1 y el 10 de julio – es decir, antes de la elección y el pronunciamiento antes mencionado de Casado – la inmigración aparece como el quinto problema del país con un 11,1% de respuestas totales. Este dato no se alcanzaba desde septiembre de 2011. Aún se encuentra lejos del récord (59,2%) de septiembre de 2006, pero no es en absoluto un caldo de cultivo despreciable. Se avecina una nueva crisis económica en el horizonte y hay muchas batallas políticas en marcha. Pero una fundamental es identificar al enemigo de una sociedad poscrisis, que aún no se ha acostumbrado del todo a las nuevas condiciones sociales y económicas y que se mueve entre el desencanto y la esperanza de mejora.

Esta naturalización del fenómeno migratorio es una forma de nombrar la crisis desde la derecha radical. Ya estas últimas semanas se multiplican las fake news, los hechos alternativos, las noticias que vinculan a inmigrantes con la violencia o la inseguridad, o sencillamente que los deshumanizan, haciéndolos aparecer como una amenaza inminente que viene a terminar con el orden social o con el relativo orden individual de nuestras vidas. También hay una buena cantidad de artículos informados, que desmontan con datos y rigor con argumentos, las medias verdades y las mentiras del discurso racista y xenófobo, pero en política democrática manda la imaginación de la mayoría, y los hechos y la verdad no son suficientes.

Los espectros del racismo y de la xenofobia son alargados tanto en España como en Europa. No conviene que los menospreciemos, a pesar de que las derechas patrias siguen teniendo una contradicción fundamental aquí: sus ataques contra la inmigración son profundamente incoherentes con su defensa del orden (neo)liberal europeo actual, ya que aquella es una condición imprescindible para el status quo como explica el reciente informe del Banco Mundial. Desde su perspectiva y como ha diseccionado José Luis Villacañas, el capitalismo actual ha sustituido como elemento fundamental de reproducción las deslocalizaciones por la migración. Si Casado reconociese la capacidad de la política frente a la economía para hacer frente al fenómeno migratorio y virase a posiciones anti-UE, acercándose a las fuerzas reaccionarias, podría resultar más creíble y , por lo tanto, más peligroso. En ese caso,podríamos hablar con propiedad del Salvini español. No parece probable, pero no lo descartemos, porque estamos en época de monstruos.